Nubes y claros

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Nubes y claros…

¡Pluf! He abierto la puerta del taxi y he salido al exterior. Aire puro, por fin.

El taxista me da mi única maleta, el fruto de setenta y dos años de idas y venidas. Le pago por su servicio y me encaro hacia la acera.

La tengo delante. Sigue tal y como la recuerdo… mi casa. Han crecido algunas malas hierbas y la pintura está estropeada. Necesita algunos retoques. ¿Cuánto llevará deshabitada? Dejemos de pensar, llevo tantos años esperando esto…

Con manos temblorosas introduzco la llave en la cerradura, la giro, hago algo de fuerza porque la edad también pasa factura a las cosas. Ya está, abierta.

¡Imposible! Mi casa, mi iluminada y alegre casa está cubierta por sábanas blancas y una gruesa capa de polvo. Abro las ventanas y, sin apenas pensarlo, mis pasos me llevan hacia el lugar donde comenzó la gran cascada de mi vida. Llego a la puerta de la pequeña biblioteca y me asomo. Parece que fuese ayer. Lo recuerdo con total claridad…

Mis padres, sentados junto a la ventana, unen sus manos y nos miran, a mi hermana y a mí, que nos acercamos y sentamos en sus regazos. A partir de ese momento todo comenzó a dar vueltas, el tiempo pasaba sin que me percatase, mucha gente agolpándose a mi alrededor, niños llorando y abrazados a sus padres. Con la mano de mi hermana fuertemente sujeta entre las mías subo al tren, me asomo a la ventanilla y, por última vez, contemplo el rostro de mis padres, abrazados y sumidos en lágrimas.

Francia, Bélgica, Inglaterra…nuestras vidas se convirtieron en saltos de un lugar a otro, de una casa de acogida pasábamos a la siguiente, cuando por fin parecía que nos habíamos librado de aquellos gritos y sonidos que por las noches nos aterraban resulta que vuelven a encontrarnos, como si nos persiguieran. Y como si nuestras vidas no estuviesen ya lo suficientemente castigadas, me separan de mi hermana, lo único que me quedaba.

En este mundo de tinieblas me hice mujer, pero estaba perdida, mi vida nunca había tenido rumbo alguno. Y fue entonces cuando tomé la decisión. Si de por sí no tenía rumbo, yo lo crearía. Comencé a moverme y a recabar información, ascendiendo por aquella empinada cascada. Como rebobinando la cinta de mi vida pasé por todos los lugares en los que estuve, rogando y exigiendo; hasta que, por fin, conseguí recomponer, en parte, el puzzle de mi existencia. Averigüé que mi padre murió durante la guerra  y que mi madre falleció poco después. Recuperé mi casa y mis documentos… Pero ni una sola pista acerca del paradero de mi hermana.

Entro en la habitación y me acerco a la ventana. Apenas parecen transcurrir unos instantes cuando el débil chirrido de la puerta me hace volver la vista, topándome con los ojos que faltaban para terminar mi puzzle.

Al fin y al cabo, la vida es eso…“Una sucesión de nubes y claros”.

Laura, 2009

Foto: Corona

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