Archivo de la categoría: historias cortas

Enjaulada

 

 

Me sentía enjaulada. Era un gato herido con pinta de tigresa, que ahogaba sus sentimientos, sus deseos, sus ganas.

Quedamos una tarde y te pedí dar un paseo, tras tomar una copa. Necesitaba ver el río, respirar la calle, mirar al cielo. No entendías mis razones.

Más tarde, desgraciadamente, comprendiste.

Este es un microrrelato publicado en Club Seis.

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Volar: el sueño [no sólo] de la humanidad

 

Volar.

La raza humana siempre ha deseado volar. Y por eso, hoy, podemos ir a cualquier parte del mundo por el aire.

Sin embargo, hay otras maneras de volar que nos llenan más, que deseamos, que incluso ansiamos con todas nuestras fuerzas alguna que otra vez en la vida. Aquí no sirven aviones, ni cohetes, ni nada de eso. Sólo desplegar  nuestras propias alas, esas que tantas veces se nos quiebran, que tenemos escondidas, arrugadas.

Cada nuevo día pongo a punto mis alas. Amanecer es soñar para ser libre, coherente, constructiva, comprometida. Crear, sentir, aprender y amar. Cuando me siento triste es porque mis alas no están preparadas para alzar el vuelo. Es una sensación realmente frustrante, así que más vale cuidarlas y ejercitarlas porque sólo tenemos un par de ellas…

¡Despliega tus alas! ¡Vamos!

Perdida pasión

– II –

Bajó del tren. En cuanto la vi supe que era ella. Su cuerpo,  esbelto y su rostro, aún más bello que en las fotos. Estaba buscándome con la mirada. Me descubrió desde lejos y me regaló una deslumbrante sonrisa, saludando con la mano casi de forma cómica. Se acercó a mi de manera decidida. Andaba con elegancia, provocativa, con naturalidad, subida en unos enormes tacones que la hacían aún más alta.

Cuando me alcanzó nos fundimos en un abrazo. Sentí su fragancia penetrando por todos mis poros y sus hermosos y duros pechos clavándose en mi cuerpo.

Pasamos todo el fin de semana juntos. Copas, paseos, charlas, risas, comidas, música… y amor.

– III –

Ya hace casi un año que no he vuelto a verla. Cada noche sueño con volver a tenerla entre mis brazos…

Imagen en rafaelcastillejo.com

Se hará la luz

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Un momento, un estallido. Palabras enrevesadas azotando en círculos concéntricos neuronas cansadas de mantener la calma. De nada te servirá una sonrisa; has de llegar por ti mismo al centro de la acción, desechando lo superfluo, asiéndote a lo vital que marcará el fin de tu destierro. No desesperes, la solución tiene su fórmula matemática establecida, y darás con ella tarde o temprano. Es ahí donde radica la cuestión: cuánto tardarás en descubrirlo, cuando se hará la luz, cuánta calma será necesaria hasta conseguir el fin marcado.

Imagen: en elitejove.org

Los caños de Carmona

Hace varias semanas Adolfo nos hablaba de “Tejados” en un delicioso post que me transportó a mi más tierna y dulce niñez.  Encontré mucha vida bajo esos tejados y recordé cómo mis piernecitas, apenas cumplidos los 3 años, colgaban hacia afuera desde la ventana donde me sentaba mi madre para que viera la calle, para que me entretuviera mientras ella andaba faenando por la casa. Me agarraba a los verdes barrotes con las manos y apoyaba la cabeza entre ellos. Oía pasar a la gente, olía el aire, miraba a un cielo que recuerdo completamente celeste, seguía a algún que otro gorrión con mis enormes ojos… Sentí verdadera tristeza cuando nos mudamos. Allí, justo enfrente, cada vez que mi madre me sentaba en el poyete de su ventana, había un trozo de los Caños de Carmona ante mis ojos.

Imagen:Acueducto pajaritos.jpg

Cuando nos mudamos, yo sentí que dejaba parte de mi vida atrás, una parte que no podía llevarme conmigo, esos arcos que veía a diario desde el balcón de mi casa, y en donde jugaba.

Cada vez que paso por allí miro a los caños, me sonrío, y una felicidad muy especial me inunda. Esa felicidad que he sentido siempre siendo niña.

Una silueta contra el sol


Había una vez una figura. Decían que era un ser transparente, una sombra, una luz. Algunos afortunados que la habían percibido, decían que se parecía al contorno de una mujer y que sus mentes, sorprendentemente, tenían ráfagas de lucidez al verla.

Se le había visto en el azul del cielo, en la espuma del mar más embravecido, en la calidez de un domingo de invierno soleado, en el olor de las florecillas silvestres, en el sonido cascabelero del viento cuando baila con las hojas de los árboles…

A algunos les parecía decidida, ecologista, con deseos de vivir intensamente. Enigmática, con picos de super ego o poca estima. Inteligente, ansiosa por todo tipo de conocimiento, formal pero con algún desfase… Familiar a tope (pero independiente). La percibían paseandera y extremadamente curiosa. Legal y leal.

Quienes la conocían sabían que era sensible, tímida, luchadora… que se agarraba a la vida con todas sus fuerzas para poder soportar su crudeza, con la esperanza de vivirla intensamente. Quería probarlo todo, vivirlo todo, tocarlo todo…. VOLAR!. Perfeccionista al máximo y exigente consigo misma, no se reconocía para nada inteligente.

Una silueta contra el sol: habían percibido su pelo, su contextura, su sonrisa.

El ser transparente era, ciertamente, transparente. No le gustaba para nada la falsedad; siempre iba con la verdad por delante, y la expresaba sin tapujos. Y como no le gustaba que le contaran “cuentos”, se reveló. Eso hizo que se desataran los más tremendos vientos que, a gran velocidad, se debatían unos contra otros, chocando violentamente, provocando un estruendo de tormentas insoportable.

Lo genial es que, además, al ser transparente le encantaba el buen humor, la ingeniosidad, la positividad transmitida, y la risa, sobre todo la risa, intensa, no fingida, fresca. Esa risa auténtica que pone los ojos brillantes, llenos de vida. Medicina para el dolor más intenso.

Pero como los seres humanos somos torpes para imaginar, y nos impacientamos con mucha facilidad, alguien tuvo una imperiosa necesidad de conocer. Ante la delicada situación, el ser transparente, la silueta contra el sol, se desveló mostrándose tal cual era. Se sentía un poco asustada por enseñar su desnudez pues temía la reacción que ello provocaría. ¿Para qué?, se preguntaba. Soy transparente y ello debería ser suficiente. Los humanos son absolutamente exigentes y curiosos; no se conforman con conocerte profundamente. Necesitan ver, tocar, oler, oir, saborear…

Y, sorprendentemente, el efecto fue mágico. Quien la vio, pasó de imaginarla a soñarla, lo cual le resultó completamente delicioso al ser transparente.

Aún así, algunos seres humanos tienen una fantasía desbordante, afortunadamente. Y el ser percibido en su corporeidad quiso saber cuales eran las fantasías de quien le había pedido conocerle:

– La fantasía es la ilusión de los sentidos, le dijo el ser humano al ser transparente. Me ilusiona encontrarme con gente que quiero, fantaseo con poder decirles que nos encontremos en algún lugar exótico del mundo a una hora determinada. Fantaseo con tener capacidad de llevar a volar a amigos. Fantaseo con descubrir súbitamente una joya en mi mano y que se desvanezca después de verla. Que me rasquen la espalda. Apasionarme en compañía de un buen orador de historias. Que el viento me traiga una suave canción. No sé, vivir; solo vivir…

El ser transparente se estremeció: ¡ahora vivía entre la imaginación y la realidad! Prueba a aderezar la realidad con una pizca de imaginación; merece la pena. Así, la silueta contra el sol, se pasó tooooda una noche recibiendo besos imaginados, cual hermosas y fragantes flores de mil colores. Y se convirtió en un jardín.

Desde entonces, el ser transparente, la silueta contra el sol, el jardín, imagina, sueña, con recibir algún día un beso del ser humano, que se grabe en su piel, pues dicen que esos besos perduran, algunos por siempre.

A mi amigo Seba (él sabe porqué).

El vaporcito


Subí al delicioso barquito que me llevaría al Puerto de Santa María. Corría una brisa fresca que olía a mar. Sentada en la parte de atrás, alterada por el encanto de tan hermoso paisaje, me centré en los sonidos del agua, del cielo, el motor del barco. Cádiz se alejaba y el mar se hacía cada vez más amplio. Entonces te me viniste a la cabeza. Tuve una sensación muy hermosa: te sentí cerca, dentro de mí. Pensé que en realidad siempre te llevo dentro, como un pasajero permanente, o mejor, como parte de mi misma. Y eso me hizo sentir bien.

Cerré los ojos y me concentré en los sonidos, en el olor que me envolvía, en mi corazón, en Tí. Te hablé con la mente. Te dije cosas bonitas, sentimientos inconfesables. Y cuando volví a abrir los ojos era muy muy feliz.


Carta a los Reyes Magos

Queridos Reyes Magos de Oriente:

Hace mucho que no os escribo. Pensaréis que he perdido la ilusión. Así es. Cuando llega la Navidad, cuando se acerca este hermoso y mágico día de Reyes, no puedo evitar llevar dentro de mí a esas personas que sufren, que tienen hambre, que están solas. Es un sentimiento que me supera, que ni siquiera soy capaz de controlar como debería.

Anoche, en la cama, jugando a escribir esa carta, descubrí que en la lista de posibles regalos no había más que cosas materiales. Me sobresalté. Mi carta no tenía sentido. Pensé: ¡qué magia es esta!

Pero casi al instante comprendí que el cariño, la compasión, ofrecer una sonrisa, el respeto, tender tu mano, la comprensión, la tolerancia, compartir, y tantas y tantas cosas, no son cuestión de magia sino de actitud, de la actitud de cada uno de nosotros ante los demás, ante la vida. Que lo verdaderamente mágico es que disponemos de todos esos sentimientos, valores, dones, aquí, ahora, todos los días. ¡Qué alivio sentí!

Queridos Reyes Magos de Oriente:

No se me ocurre nada que pediros, todo lo que deseo ya lo tengo.

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Navidad

De pequeña, la navidad era pura magia. Disfrutaba de unas sensaciones muy especiales y únicas, y me sentía muy feliz. El nacimiento de Jesús y, sobre todo (claro) la llegada de los Reyes Magos con los regalos, eran los mejores momentos de todo el año.

Ahora, que toda la magia se ha esfumado, que me he hecho mayor, que he pasado tantas navidades tristes, son mis cactus de navidad los que me la anuncian. Y, curiosamente, por estas fechas, empiezan a brotar sus hermosas flores, rosas o naranjas, diseñadas, ¡qué se yo por quien!, con una sensibilidad artística única.

Cuando llega la navidad, mi mundo se llena de color, florece la vida. Así que son mis cactus de navidad los que ahora me traen esa preciosa alegría en estos días que se suponen tan entrañables…